El Tratado de Versalles
Cerró mal las heridas de la Gran Guerra y creó en Europa el caldo de cultivo para los totalitarismos, pero no se le puede achacar el comienzo de la tragedia. Sí a quienes en tal contexto levantaron unos agre sivos idearios que querían eliminar pueblos, desplazarlos o esclavizarlos. En el Pacífico, el expansionismo militarista de Japón -de índole distinta al nazismo pero de su misma filiación- fue el origen de esta parte de la guerra. Así, los sucesos europeos y orientales confluyeron en la conflagración mundial. Se ha discutido mucho si Inglaterra, Francia y Estados Unidos hicieron lo posible por evitar la contienda. La respuesta es negativa: no desarrollaron la política que hubiese esquivado la guerra. No apreciaron la agresividad implícita en la política nazi y cedieron cuando no tenían que hacerlo. Pero no evaluar el peligro de lo que estaba enfrente -con ser políticamente grave- es distinto a ostentar la culpabilidad por el estallido del conflicto. Eso sí: en el pacto de Munich no atisbaron que el nazismo se les iba de las manos. Lo creían apaciguado y siguieron inactivos tras la ocupación alemana de Praga... La guerra estalló por la agresividad de las potencias del Eje, en particular de Alemania tras el ascenso nazi. Adolf Hitler sostenía un programa racista y expansivo. En Mein Kampfescribió: "Alemania tiene que ser una potencia mundial o no habrá Alemania". Este dramatismo esencialista lo envolvió todo. "Tengo que elegir entre la victoria y la destrucción. Está en juego [...] el ser o no ser de una nación", concretaba mesiánico en 1939, ya en guerra.
Pese a la ferocidad de su discurso, durante los años anteriores muchos pensaron que era mera retórica para el consumo interior. Pero Hitler hablaba en serio. Su personalidad resulta clave en el desencadenamiento y desarrollo de la contienda. Era un tipo vulgar, de cultura mediocre, sin dotes destacables a no ser su capacidad demagógica. La excepcionalidad histórica reside en que un sujeto así alcanzase el poder que provocó la tragedia. Su discurso expresó los resentimientos que abundaban en la Alemania de Weimar, construyó un partido de matones y conquistó un poder absoluto. La violencia y el terror ocupaban un lugar prioritario en su política, así como el desprecio a criterios morales, legales y éticos. A diferencia de otros dictadores, no se contentó con disfrutar el poder, sino que siguió un programa compulsivo. En la política y en la guerra, Hitler mantuvo las mismas pautas: decisiones arriesgadas, sostenimiento de la tensión, progresiva creencia en su infalibilidad y ausencia de escrúpulos humanitarios.
me pareció muy interesante tu presentación,los conceptos están claros.
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